En ocasión de esta semana santa, es momento oportuno pensar sobre nuestra participación ciudadana en prevención del crimen y en cómo podemos contribuir a hacer de nuestra sociedad una donde prevalezca una cultura de convivencia en paz.
La iglesia y la comunidad de fe tienen una importante función en la creación de una cultura de paz. Se ha demostrado que las comunidades con firmes creencias, religiosas o cristianas, tienen un efecto mayor de inhibición al crimen que las comunidades seculares. La tasas de criminalidad por lo general son más bajas en las comunidades donde la ecología religiosa es densa. De ahí que la Iglesia tiene una función primaria en la prevención del crimen y en la revitalización de las comunidades.
Al estudiar los perfiles que provee la Administración de Corrección de personas cumpliendo sentencias, jóvenes y adultos, surgen dos conclusiones importantes. Primero, en diez años, la variable religión ha desaparecido (o nunca estuvo presente) de la vida de los jóvenes confinados cuya edad es de 16 a 21 años (50% en 1994; 97% 2004) . Segundo, entre los adultos, la variable “práctica de alguna religión” se ha mantenido constante (27%).
El mensaje cristiano resulta en el medio más dramático de cambio social si alcanzara a la sociedad. La función regeneradora de la vida que ofrece el cristianismo cambiaría de forma efectiva la inclinación hacia la conducta delictiva. La aportación de la Iglesia a los diferentes estratos sociales en peligro de delinquir sería altamente valiosa. Para ello, la Iglesia tiene que tener vida que ofrecer, ejemplo intachable, y amor cuya efectividad pueda impactar a esos grupos necesitados. Si las iglesias diluyen su mensaje y relegan su amor compasivo no serán más que un club de miembros que buscan su propio beneficio. Las creencias no sólo deben confesarse verbalmente sino vivirse en la acción diaria de la conducta. El impacto positivo de la Iglesia depende de esa unión entre lo que se profesa y lo que se hace.
La Iglesia debe cuidarse de convertirse en un grupo de presión política desatendiendo su función de restauración espiritual. En la historia de las prácticas penales la religión ha sido una fuerza principal en moldear la forma en que se trata a los ofensores. Investigaciones en los Estados Unidos establecen una relación entre varios indicadores de una experiencia religiosa fundamentalista y respaldo a las penas retributivas y política de “mano dura” hacia los delincuentes. Esto es contradictorio al mensaje de amor y perdón del cristianismo. Además, esa política de “ mano dura” ha demostrado ser un error, pues en vez de prevenir criminalidad, ha propiciado la misma.
El servicio de la Iglesia a los marginados, los pobres y la juventud es apremiante. La integración de estos sectores en la dinámica de la fe es la opción más revolucionaria que existe. La conversión de Zaqueo frente a Jesús produce un cambio que le lleva a la restitución voluntaria y gozosa de lo hurtado y a remisión de la pena o condenación social.(Lucas, 19:12). El perdón a la mujer adultera, regenera su vida y a convierte en una mujer cumplidora de la ley (Juan 8:7-11).
Ya las distintas denominaciones religiosas tienen a su haber proyectos de revitalización de comunidades, programas de prevención de delincuencia, de rehabilitación de adictos y de atención a mujeres y niños maltratados, viejos, enfermos de SIDA y deambulantes; e incluso se han pronunciado en defensa de los derechos civiles. La función preventiva en la familia y la niñez, la formación de un carácter compasivo y piadoso, el fomentar el perdón y medios de interrelaciones pacíficas y de tolerancia, el respeto a Dios y al ser humano, son entre muchos otros los elementos tan necesarios que la Iglesia debe proveer a la población en crisis. Ante todo, el mensaje cristiano, es un mensaje de respecto al ser humano, de tolerancia a las diferencias, y de reforma social.
La transformación más grande que ha logrado la humanidad la llevó a cabo Jesús con su vida. Es el amor al prójimo, el perdón, el arrepentimiento, la restauración, la honestidad y el respeto a la dignidad humana lo que permitiría tener una transformación exitosa de nuestras comunidades, de nuestras familias, de las escuelas, de la iglesia y comunidad religiosa, y de la política, dirigida a prevenir criminalidad en los próximos años y a detener la violencia cotidiana.
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